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Warren Zanes: Tom Petty


Petty nació en Gainesville, Florida, con mucha sangre sureña en las venas. A pesar de crecer en un ambiente rural cerrado que parecía ofrecerle un futuro poco prometedor, el rock and roll cambió su destino. Conoció a Elvis, vio la primera aparición de los Beatles en la TV estadounidense, fue productor de Del Shannon, formó una banda con George Harrison, Bob Dylan, Roy Orbison y Jeff Lynne, grabó discos con Johnny Cash y colocó docenas de sus propias composiciones en lo más alto de las listas de ventas. La vida de Tom Petty es una auténtica historia épica del rock and roll. Hasta el momento de su repentino fallecimiento el 2 de octubre de 2017, a la edad de 66 años, las grabaciones y las giras siguieron formando parte de su día a día. Aunque tenía fama de proteger su privacidad, compartió con Warren Zanes ―rockero, escritor y amigo suyo― sus experiencias y su forma de entender la vida, sus aciertos y sus errores dentro y fuera del escenario, y muchos otros detalles personales. Todo ello queda recogido en esta biografía autorizada, tan intensa como rigurosa. (Reseña del editor).

«Petty y Zanes han decidido contar la verdad sin adornos, y el resultado no es solo el relato definitivo de la vida de Petty sino una de las mejores biografías rockeras de los últimos tiempos». REVISTA ROLLING STONE «Esta fascinante biografía de Tom Petty fue escrita por alguien que conoce a fondo el mundo del rock and roll y las personalidades creativas que hacen falta para desarrollar este tipo de música. Me encantaría que Warren Zanes escribiera una biografía sobre todas las personas a las que admiro». JUDD APATOW «La forma de narrar de Warren Zanes es arrolladora y emocionante, repleta de recovecos y verdades inspiradoras… Tan elevada y conmovedora como el propio viaje de Petty». CAMERON CROWE


Ciudad de México, 23 de junio (SinEmbargo).- Tom Petty nació en Gainesville, Florida, con mucha sangre sureña en las venas. A pesar de crecer en un ambiente rural cerrado que parecía ofrecerle un futuro poco prometedor, el rock and roll cambió su destino. Conoció a Elvis, vio la primera aparición de los Beatles en la TV estadounidense, fue productor de Del Shannon, formó una banda con George Harrison, Bob Dylan, Roy Orbison y Jeff Lynne, grabó discos con Johnny Cash y colocó docenas de sus propias composiciones en lo más alto de las listas de ventas. La vida de Tom Petty es una auténtica historia épica del rock and roll.

Hasta el momento de su repentino fallecimiento el 2 de octubre de 2017, a la edad de 66 años, las grabaciones y las giras siguieron formando parte de su día a día. Aunque tenía fama de proteger su privacidad, compartió con Warren Zanes —rockero, escritor y amigo suyo— sus experiencias y su forma de entender la vida, sus aciertos y sus errores dentro y fuera del escenario y muchos otros detalles personales. Todo ello queda recogido en esta biografía autorizada, tan intensa como rigurosa.


Fragmento de la biografía Petty, de Warren Zanes, con autorización de Océano
TELONEROS

Estos son ellos cuando estaban enamorados, ¿ves? Adria Petty (mostrando una fotografía de sus padres). Al igual que Tom Petty no había asistido a la clase en la que enseñaban a los jóvenes estadounidenses de clase obrera a lidiar con el éxito, tampoco Jane Petty recibió la menor instrucción sobre cómo ser la esposa de una estrella del rock and roll. La aventura compartida de mudarse a California, en sí misma un ejercicio de ajuste de expectativas, quedó interrumpida cuando ella volvió a Florida con el bebé, Adria. Se quedó en casa de su madre mientras su pareja trabajaba en el carnaval de Leon Russell. Pero Jane regresó a Los Ángeles a tiempo de ver que las cosas le empezaban a ir bien a la banda de su marido. Aunque con cautela, Tom y Jane se agarraron a la creencia de que podía salir algo de todo aquello. Seguían compartiendo su visión. Pero, en un año, Jane empezaría a darse cuenta de que, en realidad, no era su sueño sino el sueño de él. Y ella se había quedado sin nada que soñar.


Por el momento, no pensaron que el sueño fuese del uno o del otro. Simplemente se fueron preparando a medida que el sueño comenzó a cambiar sus vidas. La cosecha se hizo esperar, pero fue buena. El dinero no llega cuando el reportaje que anuncia la portada del Melody Maker alcanza los quioscos. Pero hasta cierto punto, la excitación de una carrera floreciente enmascaraba la decepción ante el hecho de que sus condiciones materiales aún estuviesen por mejorar.

Seguían conduciendo aquel mierdoso Opel GT. Aunque la gente ya empezara a reconocer al conductor.

Entonces el Opel (“Parecía una especie de coche deportivo”, dice Petty. “Como un Corvette malo, pequeñín, con esas luces delanteras que se levantaban”) empezó a filtrar emanaciones de gas en la zona de los pasajeros. Petty tenía que conducir con la ventanilla bajada y, cuando la cosa se ponía fea, sacando la cabeza por la ventanilla. El cheque de los royalties que llegó en 1978, el primer cheque real, fue solo de siete mil dólares. Lo que costaba un Camaro. Se compró uno. No mucho después, los Petty pudieron alquilar una casita en Sherman Oaks por ochocientos dólares al mes. Tenían un piano de cola. “Puede que no hubiera muebles”, dice Petty riéndose, “pero pensé que estaba en el
buen camino. Había conseguido pagarme el alquiler y, mierda, tenía una casa con un piano. El dinero no era mi objetivo. Mientras estuviese cómodo, a mí me valía. Lo que no quería es que me estafasen”.

Para Jane sí hubo algo que llegó más rápido que los cheques de royalties: la conciencia de lo solitaria que iba a ser aquella experiencia. Un muro gris parecía estar cerniéndose sobre ella desde la línea del horizonte, mientras la fiesta de su marido comenzaba a desmadrarse. Apenas pasaba por casa. Había más monotonía y quietud de la que jamás podría haberse llegado a imaginar. Por más que llamase a amigas como Joyce Lenahan, Jane solía estar sola con Adria mientras su marido estaba por ahí fuera, dando algún concierto o grabando. Ella se colocaba, bebía un poco, así mataba unas cuantas horas al día. Pero el sentimiento de estar en aquello juntos era cada vez más difícil de mantener. Y cuando le describía la situación a alguien, esa persona parecía quedarse solo con la parte del éxito del rock and roll. La gente se extraviaba en la historia de su marido. Igual que ella.

Por su parte, Tom Petty tuvo que aprender a vivir en el espacio situado entre el subidón de sus nuevas experiencias y el bajón de abrir la puerta de su casa y encontrarse a su mujer luchando con una decepción que ni siquiera era capaz de nombrar. Lo bueno era que la satisfacción del éxito le proporcionó la energía suficiente para ofrecerle a Jane algo del apoyo que necesitaba, igual que hizo ella con él cuando a todo el mundo se la sudaba Tom Petty. Lo malo era que, allá donde fuera, siempre habría alguien de quien tendría que ocuparse, ya fuese un sello discográfico que exigía más tiempo o una familia que necesitaba más atención. A menudo, sentarse solo en una habitación de su casa en compañía de su Gibson Dove parecía la mejor solución.

“Tuvo que ser duro para su mujer”, reflexiona Tony Dimitriades.


“Quiero decir, ella estaba sin duda dando una imagen de fortaleza, y compensaba el hecho de no tener el control tomando la iniciativa en las ocasiones en que sí podía hacer algo con Tom. Pero él estaba tan ocupado que me imagino que no quería ir a ninguna parte ni hacer nada cuando llegaba a casa. Y supongo que era entonces cuando ella estaba preparada para salir un rato. Era un asunto complicado para ambas partes. Me acuerdo que cuando yo tuve un bebé, Tom me aconsejó que lo sacara a dar una vuelta en el coche, hasta que se quedase dormido, que él solía hacer eso todo el rato. Me temo que solo en ese momento me di cuenta de lo que tenía que hacer Tom cuando llegaba a casa del estudio o de alguna gira. Pero yo era el mánager. No estaba centrado en eso. Yo tenía que pensar en la gira, en dónde estaban las nuevas canciones. Ese era mi trabajo, ¿no?”.
* * *

En parte, la creación del primer álbum no fue muy distinta al lento transcurrir de los años en Mudcrutch, al menos en la cabeza de Petty. Las dos experiencias formaban parte de la vida anterior al gran éxito de “Breakdown”. Llevó mucho tiempo hacer el primer disco, al igual que llevó más de un año entrar en las listas, y eso teniendo en cuenta que algunas canciones de aquel álbum ya existían antes de los Heartbreakers. El segundo álbum fue otro asunto que no tuvo nada que ver. El reciente éxito del primero estrechó el espacio en el que debía producirse el siguiente. La campaña de Jon Scott, el amparo crítico de Robert Hilburn y el apoyo de la radio; todo sucedió en el momento en que los Heartbreakers tendrían que haber estado trabajando en el siguiente disco. Ahora era como si tuvieran dos trabajos: apoyar el reciente éxito del primer disco y grabar el segundo. La juventud, la adrenalina y la ambición lo hicieron posible.

Sus conciertos se habían hecho más grandes; los bolos, más regulares. Los Heartbreakers nunca volverían a encontrarse con los públicos de menos de cien personas de la gira de Al Kooper. Pero eso no significaba que la lógica gobernara la escena en las giras. Seguiría habiendo carteles poco afortunados, como en el concierto de Rush en Filadelfia. “Fue en el Tower Theater”, dice Petty. “No sabíamos mucho sobre Rush en aquella época, pero estábamos acostumbrados a aparecer en el concierto de quien fuese durante un día o dos y luego irnos a otra parte. Recuerdo que parecía que la mitad del público había ido a vernos a nosotros y que teníamos en contra, fervorosamente, a la otra mitad. Acabé satisfecho, como si nos hubiésemos ganado a muchos de los que estaban al principio contra nosotros. Eso no fue lo único: otra noche abrimos para Tom Scott and the L.A. Express. Nunca habíamos oído hablar de ellos, pero sabíamos que no era lo nuestro. Esa noche no nos fue nada bien”.

Esconderse en el estudio de Shelter a pulsar los botones de los amplis Vox mientras sus hijos dormían, tratando de averiguar quiénes eran como banda de estudio, no pudo ser más diferente que tratar de averiguar quiénes eran en la carretera, de gira. Lo primero se hacía en el aislamiento, sin puntos de referencia, lo otro en público. Y cuando estaban ahí fuera, normalmente se les evaluaba en relación a las bandas con quienes les tocaba compartir escenario o a las bandas con que los críticos les agrupaban, la mayor parte desertores del instituto o alguna otra clase de inadaptados. Los Heartbreakers no eran los Rush ni los KISS. Tampoco los Ramones, aunque sintieran una cierta conexión. Desde luego, no eran Tom Scott and the L.A. Express. Pero había otros artistas por los que sentían una simpatía más profunda, bandas que parecían haber pasado el tiempo comiendo los mismos menús en los mismos sucios restaurantes.

“Mink DeVille”, dice Petty. “Hicimos algunos conciertos con ellos y parecían… parecían de verdad que eran lo más. Me sentía como si supiese de dónde venían y respetaba lo que estaban haciendo”. Conocido por sus luchas con la heroína y los problemas para llegar a tiempo a sus conciertos, Willy DeVille hizo dos álbumes con Jack Nitzsche,
grabaciones que parecían mensajes llegados de otra época, con rastros del sonido de Phil Spector, y baladas que tenían todo el romanticismo neoyorquino de los compositores legendarios del edificio Brill. DeVille no solo conocía la historia; se sentaba con ella al piano.

“Me encantaba el rollo de Willy, pero te diré otra banda que me dejó realmente atónito; la primera vez que los vi no había oído nada de ellos, ni siquiera sabía de su existencia», dice Petty. “Estábamos tocando en un club en las afueras de Chicago, en Schaumburg, Illinois, y en ese momento nos estaba yendo de lujo. Pero esa noche el público no terminaba de entrar. El sitio estaba hasta arriba, estábamos tocando bien, pero no estábamos conectando. Así que después me pongo a hablar con un tipo y le comento lo raro que me parecía. Y me dice: “Es que es el público de Cheap Trick, tío”. Yo dije: “¿Cheap Trick?”. “Espera a verlos”, me dijo. Subieron al escenario y me fliparon. Robin Zander era uno de los vocalistas más potentes que había visto en mi vida, cantaba como uno de los Beatles. La pura energía que desbordaban en el escenario era increíble. Pensé: “Esta banda va a ser enorme””.

Después de haber visto a Elvis Costello tocando en solitario en Inglaterra, aporreando su Fender Jazzmaster, y a Bruce Springsteen tocando sin banda en el Roxy, Petty sentía que no estaba solo ahí fuera. Y así era. Pero las semejanzas entre ellos eran siempre más pronunciadas cuando el punto de contraste era Donna Summer. Aparte de eso, en realidad no eran más que un conjunto disperso de artistas con un afecto compartido por las guitarras, Elvis, Chuck Berry, Van Morrison y los Zombies. Pero había un sentido de comunidad suficiente para profundizar en quiénes eran los Heartbreakers, dónde encajaban, cuál era su misión y cuál era el momento. “Las cosas estaban sucediendo”, recuerda Petty. “Se estaba produciendo un cambio de guardia. En aquella gira por clubs, nos dimos cuenta de que algo estaba cambiando. Habíamos estado tocando con Blondie en el Whiskey, y de pronto esta gente estaba obteniendo toda esa atención. Los Talking Heads. Los Ramones. Cuando volvimos a casa de aquella gira, Cordell me llamó y me dijo: “Tenemos que salir esta noche. ¡No te lo vas a creer!”. Era como si estuviese a punto de suceder el destronamiento con el que tanto habíamos estado soñando”.

“No sé si sentía una afinidad con todos o solo con algunos de ellos”, dice Petty. “Pero no parabas de ver por todas partes cosas que te parecían buenas. Sin duda, no todo”. En un club de Los Ángeles, demasiado borracho para velar por sí mismo, Petty aceptó unirse a los Knack en el escenario. Le dieron una guitarra, la enchufó a un ampli y bajó del todo el volumen de la guitarra antes de subir al máximo el del amplificador. Entonces esperó a que le llegase el turno viendo cómo los Knack comenzaban a tocar la canción. Pasado un minuto o así, Doug Fieger le dio el pie a Petty para que emprendiera su solo. Y fue entonces cuando Petty subió a tope el volumen de la guitarra, atronando la sala con el retorno antes de meter un potente acorde que, si bien no muy musical, fue toda una declaración de principios. Acto seguido, abandonó dando tumbos el escenario, arrastrando el cable desenchufado sobre una fila de mesas, tirándole las copas a la gente en las piernas. Quizá fue esa la manera que Petty eligió para remarcar su pertenencia a la Nueva Ola. Puede que simplemente estuviese borracho. No importa, al día siguiente el titular de una crítica del concierto proclamaba: “¡A Tom Petty le gustan los Knack!”.

Petty pagó el Camaro rojo al contado. Era el tipo de cosas que Chuck Berry y Jerry Lee Lewis ya habían hecho antes que él. Era un gesto de rock and roll. El Camaro tenía un equipo de ocho pistas y altavoces cuadrafónicos. Al sacar el coche del aparcamiento, recibió una llamada de Bruce Springsteen. Petty había visto a Springsteen en el Roxy, meses antes de que saliera el Born to Run, y le gustó mucho lo que vio, reconoció a un compañero de viaje. Petty no lo conocía en persona, pero Springsteen no era tan tímido como Petty. Aquel tipo de Nueva Jersey le había llamado solo para salir por ahí a dar una vuelta y charlar un rato, de rockero a rockero. Le preguntó a Petty si tenía coche.

Petty fue a recogerle al Sunset Marquis. Fueron por Sunset Boulevard hasta el mar, pararon en Tower Records de camino y se compraron media docena de cintas. Condujeron hasta que escucharon todas las canciones de cada una de las cintas. Entre ellas estaba el 12×5 de los Stones. Cuando sonó “Congratulations”, Springsteen alzó los brazos al cielo y dijo: “¡Puedes llevarme ahora!”. A Petty le encantó. Le gustaba saber que había otro hombre ahí fuera que acudía a la misma iglesia. Pero, en realidad, Springsteen procedía del otro lado del mundo; le gustaba la música que hacían los paletos de campo, pero seguro que no sabía lo que significaba ser uno de ellos.

Warren Zanes es doctor en Estudios visuales y culturales por la Universidad de Rochester. Este es su primer libro.

Redacción / Sin Embargo

https://elpais.com/cultura/2018/01/09/actualidad/1515511603_539221.html

https://www.rollingstone.com/music/features/tom-petty-biographer-warren-zanes-on-their-long-friendship-w507264

https://www.mondosonoro.com/criticas/libros-novedades/petty-la-biografia/

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Fragmentos:

ESCRIBE:

Soy gorda. Y negra.

Pero valgo más que todos vosotros, bastardos.

DICE:

(A un periodista de una revista alemana, que la escucha sentado en una silla en su habitación del hotel).

Nunca nadie me enseñó nada. Nunca fui a la escuela de música ni nada parecido.

Tuve que quedarme en casa para cuidar de mi madre, que estaba enferma. Por eso me enseñé a mí misma a cantar y a tocar la armónica y la batería.

No sé leer música.

Si escucho un blues que me gusta, intento cantarlo a mi manera. Siempre es mejor hacer las cosas a tu manera.

Mi forma de cantar viene de la experiencia. De mi propia experiencia. De mis propios sentimientos.

No canto como nadie excepto como yo misma.

PIENSA:

(Asomada a la ventana. Ya es de noche).

Llueve otra vez. Ha llovido desde que salimos de casa.

Mañana será un día largo. Debería dormir un poco.

ESCRIBE:

(Tal vez de aquí salga una canción, quién sabe. Pero no le enseñará a nadie este papel, no quiere que vean sus faltas de ortografía).

A veces, cuando estoy sola en casa, apago las luces y me pongo un disco. Uno de Bessie Smith o de Memphis Minnie.

Voy a la cocina, me sirvo un vaso de bourbon con leche y me descalzo.

Después, bailo en la oscuridad del salón y entonces parezco la única persona del mundo. Yo y la mujer que canta, que también podría ser yo.

Cierro los ojos.

No pienso.

Bailo.

No pienso.

Bailo. Bailo.

Más.

Otro vaso más.

Soy hermosa y ligera. No me veo los pies feos y grandes.

Los negros pies. Las negras manos.

Bailo.

Bailo.

No me veo los rollos de carne de la cintura, las piernas gruesas, los pechos gigantes.

Entonces soy muy muy hermosa.

PIENSA:

Dicen que hablo muy fuerte, que digo tacos, que soy peor que un hombre. Pero los hombres a veces no me quieren con ellos y a las mujeres parece que les doy miedo, como si me las fuera a comer.

A esas blancas delgaduchas que a veces vienen a mis conciertos las miro con rabia y deseo desde el escenario.

Les escupo las canciones.

Creo que podría matarlas con la mirada. Pero ellas no entienden nada y bailan. Bailan agarradas a sus chicos, tipos melenudos a los que les gusta mezclarse con los negros. A los que mezclarse con los negros les parece el no va más.

Hermano negro, cómo molas.

Cómo molo.

A los que mezclarse con los negros les parece pisar a sus padres, a sus abuelos, al sacerdote de su iglesia, a sus profesores del instituto.

Cómo molamos, hermano.

Pero ellos no nacieron en el barrio de los negros, no iban caminando a la escuela y siempre consiguieron el trabajo que querían y a la chica que querían, aunque fuera negra.

No, los blancos no entienden nada de nada.

ESCRIBE:

Engancha, dicen.

Engancha más que el alcohol y la cocaína y el tabaco juntos.

El escenario engancha. Y qué haré entonces cuando sea vieja. Aunque tal vez no sea nunca vieja.

Nos mata el alcohol y la cocaína y el tabaco.

Nos mata el escenario. Porque engancha, dicen.

Cuando toco la armónica es como si cantara y nadie entendiera. Mi boca besa la armónica y la devoro y me devoro. Los mejores besos de mi vida se los he dado a una armónica. Los únicos sinceros me los ha devuelto ella.

Me gustaría hacerlo como Junior Parker, pero él la besa mejor.

PIENSA:

(Está ya un poco borracha. Lo sabe. No importa)

Malditas sean todas las canciones que canto, que he cantado alguna vez.

Qué forma de mentir. Qué forma de consolarse. Qué forma de amar.

Tan falsa.

Los tipos que escriben estas canciones —yo misma— están chalados o drogados o ambas cosas.

Hablan de amor y están solos. Hablan de odio y de desprecio y su mujer les hace pastel de manzana todos los domingos.

Ellos mienten a través de mí y yo miento a través de ellos.

Pero sobre todo me gusta cantar mis propias mentiras.

DICE:

(Por el teléfono, a la mujer de la recepción).

—¿Me pueden subir un vaso de leche y algunos botellines de bourbon?

—…

—Bueno, pues whisky entonces.

—…

—¿Cuántos? Cinco o seis, creo.

PIENSA:

Siempre me han gustado los pianistas. Son tan callados y tan suaves. La mayoría de los que he conocido, al menos.

Siempre quise que mi primera vez fuera con un pianista. Esos dedos sólo podrían dar felicidad.

Pero fue como si lo hubiera hecho con un animal.

Aquel chico que olía a sudor y a hierba. Tan vulgar.

Me decía cosas al oído todo el rato y eso no me gustaba. Pero estaba paralizada.

Y entonces pensaba que tal vez no tendría muchas oportunidades.

Que al menos él se había fijado en mí.

ESCRIBE:

La rabia. La rabia a veces me ahoga como si me creciera hiedra en la garganta.

PIENSA:

La piel de las chicas blancas me fascina. Las alemanas son rubias por todos lados y eso me parece increíble.

Cuando estamos en la carretera entonces a los chicos no les importa mi aspecto. Entonces sí valgo para llevarme a la cama.

Son muchas horas de un lado para otro y las noches son frías.

Sé buena, Willie.

Debería dormir un poco.

A ver qué pasa mañana.

Por lo menos volveré a casa con una buena cantidad de pasta. Falta me hace.

Autora: Noemí Sabugal. Título: Una chica sin suerte. Editorial: Ediciones del viento.


Willie Mae Thornton (Montgomery, Alabama, 11 de diciembre de 1926 - Los Ángeles, California, 25 de julio de 1984), más conocida como Big Mama Thornton, fue una cantante estadounidense de blues y rhythm and blues. Tocó también la armónica y la batería. Estereotipo de vocalista de blues, su voz era apasionada y exuberante, tendente a los desplazamientos de volumen. Su fuerte sentido de la independencia la privó probablemente de haber conseguido más contactos que hubiesen impulsado una carrera no excesivamente exitosa. Entre las influencias que se le pueden apreciar están las de Bessie Smith, Ma Rainey, Mahalia Jackson y Julia Lee. Fue la primera en obtener un gran éxito con la canción "Hound Dog", una canción escrita para ella por Jerry Leiber y Mike Stoller en 1952. El tema fue número uno en el Billboard charts durante siete semanas.

Su padre fue predicador y su madre cantaba en la iglesia. Los comienzos de Thornton se produjeron en la iglesia, pero en vez de dedicarse al gospel prefirió el blues. Cuando cumplió catorce años abandonó su casa para realizar una gira con la Hot Harlem Revue de Sammy Green durante los años cuarenta, permaneciendo en este espectáculo hasta 1948 cuando recaló en Houston. Nadie le enseñó ni a cantar ni a tocar la armónica y la batería.

(image)Getty Images

Thornton realizó su primera grabación en 1950 para un pequeño sello de Houston. La grabación se hizo bajo el nombre de los Harlem Stars, aunque con Willie Mae cantando. En 1951 se introdujo definitivamente en el circuito musical de Houston cuando firmó con Peacock Records. Debutó ese mismo año con "Partnership Blues", acompañada por la banda del trompetista Joe Scott. Durante su estancia en Houston conoció y observó a muchos de los grandes blusistas como Junior Parker, quien la influiría enormemente en su estilo de armónica, a Lightnin' Hopkins, Lowell Fulson, Clarence Gatemouth Brown y muchos otros.

Fue su tercer trabajo para Peacock, con la banda de Johnny Otis, con el que consiguió triunfar en 1952; sobre todo, con la canción Hound Dog, que más tarde cantaría Elvis Presley.

En todo caso, fue algo accidental. A pesar de otros buenos trabajos, como "I Smell a Rat", "Stop Hoppin' on Me", "The Fish" y "Just like a Dog", nunca más volvió a tener un éxito semejante. A comienzos de los sesenta, sus trabajos para Irma, Bay-Tone, Kent y Sotoplay no fueron muy exitosos, pero una serie de títulos para Arhoolie Records y Mercury entre 1968 y 1970 consiguieron revitalizar su carrera.

En la década de 1970, su adicción a la bebida empezaba a dañar seriamente su salud. Sufrió un grave accidente de tráfico, aunque fue capaz de recuperarse y volver a actuar en el Newport Jazz Festival de 1983 y grabar un álbum en directo, The Blues—A Real Summit Meeting, con otros grandes artistas del género como Muddy Waters, B. B. King, y Eddie "Cleanhead" Vinson.​ Thornton murió de un ataque al corazón el 25 de julio de 1984, a los 57 años de edad. Sus restos se encuentran en el Cementerio Inglewood Park de Los Ángeles, California.
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